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¿Cómo afecta la LGTBI-fobia a la salud sexual del colectivo?

La discriminación que sufrimos lesbianas, gais, bisexuales, transexuales e intersexuales (LGBTI) tiene muchas caras. La más mediática y visible es la agresión física, aunque existen otras violencias menos explícitas como la simbólica, la psicológica o la invisibilización constante que vivimos como colectivo entre otras que son menos conocidas y, por tanto, son más difíciles de identificar por parte de la sociedad. Esto hace más complejo denunciarlas y combatirlas, porque requieren concienciación y explicación. Y en este ámbito tenemos las afectaciones que la LGBTI-fobia tiene sobre la salud sexual del colectivo LGBTI: entre las que son más difíciles de ver, hay que explicarlas y visibilizarlas y muchas veces se sufren en silencio e incluso desde el desconocimiento o incluso la falta de conciencia por parte de las propias personas LGBTI.

Según Sebastian Meyer, presidente de Stop, “la salud es multidimensional, no es sólo una cuestión de estado físico y tiene una dimensión de salud mental que la acompaña y que la condiciona y que a su vez condiciona la salud sexual”. Para él hay que tener en cuenta que “los valores hegemónicos de la sociedad orientan muchas decisiones de la vida diaria”. Meyer define el sexo como político y señala que el modelo del cisheteropatriarcado es una forma de imponer determinados comportamientos y de controlar la sociedad. Para él se trata de una cuestión política, cultural y de dominación. En este contexto, “la masculinidad hegemónica, que para las personas LGBTI – que no somos de la cultura dominante- nos resulta particularmente tóxica-, es fundamental para entender cómo se construye la LGBTI-fobia”, indica Meyer aunque realmente sea tóxica para todos, incluidas las personas heterosexuales.

“Las personas LGBTI hemos ido aprendiendo -por el contexto opresivo en el cual vivimos- una serie de indefensiones, de conductas evitatives o de miedos a ser juzgados y sentirnos fuera de lugar”, indica Sergi Martín, facilitador del Grupo de Ayuda Mutua de VIH de Stop. La LGBTI-fobia genera barreras para las personas LGBTI que dificultan que puedan gestionar de forma libre e informada su salud sexual. El sistema social nos hace aprender “a esconder nuestra identidad y nuestras prácticas por miedo al rechazo o perjuicios”, dice Martín. La LGBT-fobia juega en contra “de nuestra autoestima y autoconcepto” porque puede llegar a generar “una necesidad de aceptación” que “nos puede hacer llegar a priorizar sentirnos aceptados, reconocidos y amados” por delante de “nuestro autocuidado”, explica Martín que cree que la LGBTI-fobia podría ser considerada como “un factor de riesgo” que influye en la prevención y las decisiones en salud sexual.

Esto se traduce en barreras para hablar de determinadas prácticas ante un profesional de la salud. Limitaciones que se pueden producir también cuando se ha salido del armario, “cuando me había hecho visible como gay, todavía me costaba hablar de determinadas prácticas en algunos contextos, me sentía sucio”, indica Martín. Hay temas, indica el miembro del Grupo de Ayuda Mutua, como por ejemplo el sexo anal y todo lo vinculado -por ejemplo, la detección de condilomas- que pueden ser difíciles de abordar en este contexto de miedo al rechazo que genera la LGBTI-fobia.

“Por ejemplo si tú vas al médico y necesitas hablar del sexo anal, quizás te lo pensarás dos veces dependiendo con qué médico estés por miedo a la reacción”, indica Martín quien explica que en su caso “si me encontraba un médico hombre no me apetecía hablar de según qué temas, en cambio con una mujer me sentía más seguro”. Por otro lado, las mujeres lesbianas pueden sufrir la invisibilización de sus prácticas sexuales cuando van al ginecólogo que, según Martín, puede llegar igualarlas a la inexistencia de sexo y considerar que no hace falta ninguna revisión ni medida de prevención.

Hèctor Adell, técnique de Stop, coincide con que es importante poder encontrar espacios profesionales preparados para abordar estas situaciones para compartir experiencias o expresar sus dudas por miedo a ser discriminados por su expresión de género o su identidad sexual. Sin una información adecuada “lo que estamos haciendo es vulnerar los derechos a tomar nuestras propias decisiones, adquirir conciencia y tener acceso a los recursos”. Adell concluye que, en definitiva, “la LGBTI-fobia impide que podamos ejercer los derechos que tenemos como ciudadanía”.

Martín explica cómo, al mismo tiempo, el miedo al rechazo y la discriminación hace desarrollar conductas compulsivas o evasivas relacionadas con el sexo, cosa que dificulta la toma de decisiones en este ámbito. Estas conductas no facilitan la generación de espacios para “reflexionar con calma, desde un lugar de autoestima positiva y de quiero tomar decisiones conscientes para cuidarme”, añade Martín. “Muchas personas que hemos vivido LGBTI-fobia hemos tenido épocas en las cuales nos hemos puesto el piloto automático y en las cuales hemos buscado el placer y la recompensa inmediata, sin pensar ni en cómo queremos tener el sexo, ni con quien, ni cómo nos queremos cuidar, simplemente tiramos millas”, afirma Martín que resalta que estas situaciones parten del dolor que genera un contexto social que no nos comprende y en el cual no nos sentimos incluidos.

La LGBTI-fobia también genera una barrera de cara al acceso a la información sobre salud sexual porque dificulta el acceso, pero también porque hace más complejo que se genere información desde una perspectiva diversa y adaptada a las necesidades del colectivo. Algunas personas LGBTI no tienen acceso a la información en salud sexual “por varios motivos, porque tienen un contexto que les pone barreras a salir del armario o a buscar la información adecuada y específica”, explica Martín. Aunque también puede pasar que “acaben recibiendo información sobre salud sexual que no va con ellos y al final esto va en contra de su propia salud sexual”, explica. Martín señala que para poder decidir en libertad en este ámbito se tiene que disponer de información sobre las propias prácticas sexuales y el problema es que “se nos presupone heterosexuales y al final recibimos la información estándar que no sirve en muchas ocasiones para las personas LGBTI”.

Adell alerta contra el individualismo y la inercia del sistema de hacer responsables de forma individual a las personas LGBTI de estas situaciones, “todo esto se produce dentro de un contexto” y añade que “una decisión es individual” puede estar muy condicionada por la sociedad “sino generamos espacios de reflexiones colectivas”. También reivindica una visión interseccional puesto que la salud sexual va mucho más allá de las prácticas y tiene afectaciones emocionales vinculadas a la salud mental y a entender los procesos vitales que viven las personas.

Reparación para las personas LGBTI

“Los derechos del colectivo LGBTI han sido vulnerados históricamente y se tiene que hacer una reparación consciente más como medio que como objetivo. Estamos viviendo un momento histórico en el cual se puede producir la reparación de la invisibilización y criminalización del colectivo y de sus referentes. La LGBTI-fobia ha dificultado que las personas LGBTI se expresaran libremente y encontraran sus ritmos y sus espacios”, afirma Adell que resalta que este cambio se tiene que hacer desde una perspectiva global de valores democráticos que comprometa a toda la sociedad.

Martín cree que esta situación de vulneración de derechos “está cambiando” y que “cada vez hay más políticas destinadas al colectivo”. Con todo, Martín considera que es insuficiente y reclama un cambio de paradigma global que no implique presuponer la identidad de género ni la opción sexual: que no implique presuponer cisheterosexualidad e incluya una perspectiva en diversidad afectivo-sexual. Martín se muestra crítico con las políticas existentes están destinadas “básicamente a hombres cis gays” mientras que “la atención que recibimos los hombres cis gays no es ni mucho menos la que recibe una mujer trans” y denuncia que “los privilegios que tenemos los hombres cis en la sociedad general se vuelven a ver reflejados en las siglas LGBTI cuando hablamos de salud sexual”.

Más allá de las carencias del sistema, hay formas de organizarse y relacionarse que pueden, cuando menos, paliar los efectos de la LGBTI-fobia y que son la base de la acción comunitaria de las organizaciones LGBTI. “Si tú tienes una comunidad LGBTI y puedes hablar con tus iguales de salud sexual, aunque no te atrevas a hablar con el médico de determinadas cosas porque tienes miedo a que te discriminen, entonces podrás compartir experiencias: un colega te dirá si a él le ha pasado algo pareciendo o a alguien conocido”, afirma Martín. Tener red social de personas LGBTI con la cual compartir experiencias es un factor de protección. “Si tenemos una red de iguales también podremos encontrar soluciones y aprender a tener autocuidado en el propio ritmo y en los propios espacios”, explica Martín.Según esta perspectiva la LGBTI-fobia, en cambio, “nos empuja a ocultarnos y a aislarnos de nuestros iguales, y si encima se tiene el muro de las autoridades sanitarias nos quedamos sin acceso a información o experiencias”.

Chemsex

Desde Act Up en ochenta y noventa del siglo pasado se decía que las muertes del VIH y el sida eran muertes políticas porque eran evitables y se producían por decisiones políticas que reforzaban la discriminación que sufría el colectivo LGBTI. La situación ha cambiado mucho desde entonces pero todavía se pueden hacer paralelismos. Para Martín es obvio que el colectivo LGBTI ha importado menos políticamente que el colectivo heterosexual en términos de salud pública y que a lo largo de la historia “no se ha atendido a nuestra sexualidad”.

Meyer recupera la memoria reciente del colectivo LGBTI cuando surgió la pandemia del VIH y el sida y recuerda cómo se estigmatizó “a todo el colectivo como si fuera responsable” porque esto evitaba poner el foco al buscar un tratamiento eficiente que evitara la enfermedad o en la gestión política. El presidente de Stop recuerda como aquellos años se usaron argumentos muy estigmatizadores “para qué gastar dinero público en gente que la sociedad suponía que no cuidaba su salud, porque los veía “inmorales”. La sociedad no se planteaba que la situación de mayor vulnerabilidad tenía que ver con la opresión o la discriminación, “esto sería buscar explicaciones que no vienen bien en la cultura dominante”, explica Meyer. Todo esto afectaba a cómo las personas LGBTI gestionaban su salud sexual, “si la sociedad me hace verme cómo uno de los vectores de la enfermedad y responsable de un problema de salud, esto tiene una consecuencia sobre la salud mental y, finalmente, el impacto de esto en salud sexual es negativo”, explica Meyer.

“Estamos volviendo a vivir situaciones similares con el chemsex. Desde Stop llevamos años lanzando alarmas y planteando que hay un problema de salud pública y habría que hacer algo desde las instituciones sanitarias y las universidades”, dice Meyer. Otra vez volvemos a escuchar argumentos similares a los de hace décadas desde la LGBTI-fobia y el individualismo y explicaciones estigmatizadoras como que “nos estamos poniendo de drogas hasta arriba y esto provoca un incremento de las ITS”, pero no se aborda cómo la generación de este estigma genera dificultades, barreras y problemáticas que impiden que se aborde de forma integral la cuestión de la salud sexual, incluyendo la salud mental, tanto desde una perspectiva de salud comunitaria como desde las políticas institucionales.

Meyer también es crítico con la actitud de las instituciones que primen solo la parte “científica” para definir políticas de salud sexual y no tienen en cuenta de forma suficiente el activismo en salud comunitaria. “Se tiene que escuchar los afectados, tenerlos en cuenta e incluir sus necesidades”, afirma Meyer. Actualmente, “parte de la incidencia de las enfermedades en el colectivo se debe a la no comprensión de lo que es propiamente LGBTI y acaba en acciones (o más bien no-acciones) discriminatorias; eso tiene consecuencias sobre el cuidado integral de nuestra salud física, mental y, por consiguiente, sexual”, indica Meyer que reclama voluntad política para acabar con las discriminaciones que sufre el colectivo y para abordar de forma integral la salud sexual de las personas LGBTI.

Por Vicent Canet

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Stop fue creada por voluntarios y voluntarias LGTB+ en 1986 para dar respuesta a la pandemia del VIH/Sida y en solidaridad con las personas con VIH. Promovemos los derechos sexuales, facilitamos el empoderamiento en el cuidado de la salud sexual desde y para la comunidad LGTB+ y de mujeres trans y hombres que ejercen el trabajo sexual, a través del consejo asistido (counselling), de la prevención positiva y de la reducción de daños y riesgos. Ofrecemos diferentes servicios en respuesta a las necesidades expresadas por la comunidad, con el apoyo de un equipo de técnicos en salud sexual. Nuestros valores se basan en el reconocimiento de la autonomía de la persona y su carácter único dentro de la diversidad social; el compromiso, la cooperación, la solidaridad, la no discriminación, la justicia y la democracia.

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