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Salir del armario… sobre tu estado serológico

La noche en que conocí a mi chico el objetivo era pegar un polvo. Pero a la mañana siguiente, mientras bebíamos café, los dos sabíamos que aquello no iba a quedar en una única cita. Quizá fueran algunas más, quizá nos estábamos colgando el uno del otro, o quizá acabara un buen día, sin más, como tantas otras veces. En cualquier caso, había algo que yo guardaba en secreto. Hacía un año y medio que me habían diagnosticado como seropositivo y aquel mismo día decidí que nunca se lo contaría a nadie. De modo que ¿por qué iba a contarle a aquel chico, que parecía fantástico pero que era un extraño, algo tan íntimo y tan comprometedor, que ni siquiera mis padres o mis mejores amigos conocían? ¿Cómo salir del armario sobre mi estado serológico?

Y sucedió que pasaron los días y a lo tonto la relación creció y se volvió más intensa. Sin saber exactamente cómo, estaba planteándome la posibilidad de iniciar una relación seria. De esas en las que todo se basa en la sinceridad y en la confianza. Entonces empecé a preguntarme si era ético seguir sin contarle nada acerca de mi estado serológico. Me daba miedo que pudiera reaccionar mal, que me rechazara y se fuera todo al traste. Pero también me asustaba dejar que pasaran las semanas, los meses y… ¿¡los años!? Sin explicarle nada y que finalmente cuando lo descubriera se enfadara por no habérselo contado antes.

Ciertamente, nadie está obligado a revelar su estado serológico, y además la decisión de hacerlo o no se debe tomar libremente por el propio interesado y por nadie más; en el momento en el que la persona se sienta capaz y necesite hacerlo. Yo me acogía a esos dos axiomas como a un clavo ardiendo porque nunca encontraba el momento adecuado para sacar el tema.

Me tranquilizaba saber que el mero hecho de estar bajo un tratamiento eficaz, gracias al cual había logrado una indetectabilidad por debajo de las 50 copias, hacía que fuera imposible que pudiera transmitir el virus. Incluso teniendo sexo sin condón. Pero eso no cambiaba el hecho de que a esas alturas yo ya necesitaba hablar y no sabía cómo hacerlo, y que cada vez me angustiaba más poder perderle si él no aceptaba o no comprendía lo que significa ser seropositivo hoy en día. O por el simple hecho de no haber sido honesto.

Supongo que hay cosas que se dicen solo con los ojos. Y llegó un momento en que mis ojos hablaban de forma autónoma y entonces fue él quien de golpe me dijo que a mí me pasaba algo, que había algo que le quería decir.

Por fin surgía el momento que llevaba tiempo buscando y que a la vez tanto temía. Y se lo conté y le expresé cómo me aterraba perderle. Ésa fue la primera vez que le expliqué a alguien mi condición. Para mi sorpresa me dijo que sospechaba que podía tratarse de eso, que estaba esperando a que yo quisiera contárselo, que se alegraba mucho de que por fin lo hubiera hecho y que no debía haber pasado por toda esa experiencia solo. Me sentí muy aliviado, por supuesto, pero hay algo que añadió a continuación que me dio que pensar. Y es que, por suerte, él ya había conocido a un chico en mi misma situación algún tiempo atrás que le había hablado de su estado serológico y de la indetectabilidad, pero si no hubiera conocido a esa persona seguramente sí se hubiera alarmado al conocer mi condición.

Es por eso por le que estoy muy agradecido a ese chico anterior, al que no conozco. Lo que un día hizo por mí y por todos los que vivimos con el VIH, pero también por los que no viven con el virus, me ha animado a empezar a contárselo a algunas personas. No somos enfermos ni apestados. No somos desahuciados de la vida. Somos gente normal, con sus problemas y alegrías, con sus aspiraciones y debilidades, con sus manías y peculiaridades.

Ser seropositivos es tan solo un rasgo más de nuestro historial médico, casi como ser asmático o diabético. Pero hay que normalizarlo. Por nosotros y por los que se enfrentan a situaciones realmente duras de incomprensión y exclusión.

Hugo / Acompañamiento Positivo

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